Trekking a Palacala

¿Choquequirao, Marcahuasi o Palacala? La primera opción significaba cuatro días de caminata y campamento, la segunda dos días de caminata y campamento, la tercera un full-day caminando. Sin duda el trekking a Choquequirao requería mucho más esfuerzo y en una escala trekkera está catalogado con un nivel cuatro. El archiconocido trekk a la meseta de Marcahuasi es de un nivel dos y el ascenso a la catarata Palacala es una ruta de nivel uno ideal para un día de fin de semana. En fin, para el feriado largo de fines de marzo aparecían estas opciones, todas muy atractivas y además ninguna que todavía conociera. La primera que descarté fue Choquequirao, ya que significaba más inversión y ya no tenía el tiempo suficiente para preparar el viaje. Pero quedaba Marcahuasi y a esta si me apunté. Tenía casi todo listo, hice una lista de algunas cosas que me faltaban y justo el día que iba a separar un cupo en la Red de Montañistas aparecen las chicas de siempre preguntando: ¿Y tú que planes? –Yo nada y ¿tú?- responde una. -¿Yo? No sé, creo que la pasaré en mi casa- responde otra. -¿En tu casa? Hay que desgracia- agrega alguien por ahí. -¿No viajan?- pregunto. –No creo, aunque podríamos planear una salida- propone una. –Siiiiii… yo quiero- responde una de las chicas muy entusiasmada. –Yo me voy a Marcahuasi, –respondo- dos días no más, caminata y ‘campa’. Si alguien se anima pasa la voz. –termino y nadie responde.
Pasaban los días y yo seguía preparando la salida a Marcahuasi. Ninguna de las chicas volvió a hacer querella en la red social y asumí que cada una tenía ‘planes’ para esos días. Cada vez faltaba menos, yo seguía corriendo por las mañanas, tratando de escribir la historia prometida y trabajando en proyectos olvidados. Cuando todo parecía andar de la mejor manera aparece la chica desaparecida lanzando una propuesta aterradora para mis planes.
-   Hola chic@s, ya estoy de nuevo en órbita y además muy enamorada. Estuve de viaje, […] yo tampoco tengo planes para estos días […] que les parece si vamos a la catarata Palacala es muy bonita, no se van arrepentir. ¡Anímense!
-   Yo si me apunto, –responde la más pequeña- quiero salir y respirar aire puro. Yo voy a donde me lleven.
-   Pucha, yo tengo planes para ir a Marcahuasi; –respondo acongojado- pónganse de acuerdo y a ver si les acompaño.
-   Yo pasaré el fin de semana con mi familia en Santa Eulalia, –responde la chica adorable- pero si confirman yo también voy.
-   Ya, -vuelve a la carga la chica enamorada- nos vemos el sábado a las nueve de la mañana en el parque de Chosica. Espero verlos a todos.
-   Siii… yo si voy, -responde la chica dejada atrás por su pretendiente- quiero despejarme y des-estresarme.
-  
¡Joder!, pensaba y veía que mis planes de ir a Marcahuasi se empezaban a derrumbar. No por el hecho que me arruinaban la salida, sino porque de repente aparecía está otra opción así de la nada y a pesar de ser improvisada era muy tentadora. El escenario volvió a cambiar, o era irse a Marcahuasi con un grupo de desconocidos o a Palacala con las amigas de siempre, las chicas que tienen la primera prioridad cuando de ‘salidas’ se trata. Era un dilema pero la decisión estaba tomada desde mucho antes, cancelaría Marcahuasi e iría con ellas a caminar.
La coordinación para esta aventura fue un desastre, la chica que supuestamente actuaba de guía volvió a desaparecer y no apareció hasta unas horas antes del sábado acordado. Nos vemos mañana –apareció diciendo cuando algunos ya habíamos decidido quedarnos en la ciudad. Yo había tenido un viernes jodido y andaba encabronado. Les dije que no iba, que ya tenía algo más que hacer; ahí terminó la conversa y me fui a dormir cuando era ya casi medianoche.
El sábado comenzó muy de mañana, me levanté y ya estaba preparándome para ir de caminata. Enrumbé hacia Chosica y en el camino iba mandando mensajes de texto para confirmar mi llegada. El sol brillaba desde muy temprano y al llegar  a Chosica se hacía más abrasador. Las chicas iban llegando una tras otra y cuando por fin estuvimos listos para partir ya eran casi las diez de la mañana.
Llegamos a San Jerónimo de Surco y nos encontramos con un sinfín de personas haciendo los preparativos para empezar a caminar. Grupos de amigos, familias enteras, parejitas y boys scouts por doquier iban de aquí para allá congestionando las estrechas calles de aquel pequeño lugar. Los comerciantes hacían su agosto vendiendo desde gorras y sombreros hasta bastones de caña para los caminantes. Nosotros terminábamos de prepararnos a un lado de la calle. Nos embarramos de bloqueador solar y previo aprovisionamiento de alimentos y frutas comenzamos la caminata hacia Palacala.


Los primeros pasos fueron suaves, el camino empedrado del comienzo iba cediendo y dando paso a la trocha empolvada y regada de excremento de burros. El sol en ese momento estaba en su máximo esplendor, a medida que avanzábamos por el sendero serpenteado íbamos sintiendo las primeras gotas de sudor correr por nuestras frentes. La chica enamorada llevaba el paso e iba a la cabeza junto a su novio canadiense (o francés o hebreo, en fin…) y a la pequeña chica desesperada por llegar lo más rápido posible a la catarata. Más atrás y a paso lento iba yo junto a la chica adorable que se detenía cada cien metros a descansar e hidratarse, aún no completábamos el kilómetro de caminata y ella ya empezaba a sentir la pegada. Por supuesto yo no podía dejarla atrás y aunque los de adelante nos reprochaban nuestra lentitud nosotros seguíamos caminando y disfrutando de aquel hermoso lugar que cada vez se hacía más verde.
Seguíamos adentrándonos en la montaña, grupos de personas subían junto a nosotros, otros descendían y otros se tiraban a descansar exhaustos al lado del camino. El sendero era cada vez más duro, los escarabajos empujando su bola de excremento ya no se veían más. El sol empezaba a ocultarse entre las nubes negras que amenazaban con descargar su arsenal acuífero. Ahora era la más pequeña la que iba adelante, ella no llevaba más que su bebida rehidratante en la mano a contraste de los demás que llevábamos sendas mochilas cargueras con todo tipo de provisiones. Le seguía la enamoradiza y su novio que no paraba de renegar por el excremento de animales a lo largo del camino. Lo único que no gustarme de este lugar es el ex-cre-men-to de los burros, -decía con su acento gringo- en Canadá es más limpio. –continuaba y seguía caminando a regañadientes. Más atrás la chica adorable ya quería tirar la toalla, estaba colorada de cansancio y se detenía más seguido. La miraba y ella sonreía. ¿Falta mucho? –preguntaba. No hemos llegado ni a la mitad -le decía irónicamente y volvíamos a reír. Creo que no voy a llegar –me decía y seguía rehidratándose. Pero debíamos proseguir y para hacer más liviana la subida tuve que cargar con sus cosas, así que me convertí en arriero por ella y seguimos adelante.
En un momento a la pequeña desesperada la perdimos de vista, se le veía extraña a ella sin un compañero al lado. Acostumbrados a verla con su galán de la mano, ahora estaba sola y desesperada por llegar ahí arriba donde nos esperaba el verdor. Por momentos la veía y le hacía señas a lo lejos, mientras nos deteníamos a recuperar el aliento y tomar un sorbo de agua. Ya en la subida pedregosa parecía que algunos nuevamente tiraban la toalla pero los animábamos a seguir. ¿Cuánto falta? –preguntaba la chica adorable. Ya casi llegamos –respondía optimista. Algunas personas que regresaban de la catarata nos animaban y decían que ya no faltaba nada. Estarán a veinte minutos, decía uno. Ya no les falta nada, pasando ese recodo a quince minutos, no más; decía otro. Gracias por confundirnos y darnos mala información, les respondía y seguíamos caminando. Seguíamos dejando atrás casuchas de adobe y paja, corrales de cabras y chivillos pastando. El olor del lugar era nostálgico para algunos, para otros el olor característico de la sierra con sus senderos plagados de excremento de animales les parecía un chiquero de mala muerte. Para mí era la añoranza de un retiro voluntario que vengo tramando desde hace mucho y que hasta ahora no concreto. Un lugar como aquel alejado de todo contacto con la ciudad, yo sería feliz en un lugar así. De pronto regresábamos al camino y las piernas empezaban a sentir el cansancio. Yo me había adelantado dejando atrás a la parejita y a la chica adorable que venían a paso lento. Subí un largo tramo empinado a paso firme y mirando el suelo. Quería sentir la pegada por lo menos un poquito y así fue. Pasé a muchos que nos habían rebasado y de pronto me encontré con una pequeña meseta ideal para tirarse a recuperar el aliento mientras esperaba a los rezagados. Ahí reunidos discutíamos si seguir o desistir. Descansamos un buen rato y luego proseguimos. Me volví a adelantar y alcancé a la pequeña caminante con la que avancé un buen tramo, luego ella seguiría y yo me quedaría a esperar a la dueña de la mochila que llevaba en la espalda. La chica enamorada había tenido un altercado con su ‘gringo’ que había sentido la pegada y se estaba echando para atrás, así ellos venían mucho más atrás y para que la bella chica de polo morado no se quedara sola tuve que seguir a su ritmo.
El camino ahora volvió a ser plano y de fácil acceso, el verdor se apoderó del entorno y ya se divisaban caídas de agua, pequeñas cascadas que avizoraban que estábamos más cerca del objetivo. El ambiente era húmedo y fresco, el camino por tramos estaba plagado de charcos que emanaban un olor nauseabundo. Los mosquitos empezaban a hacer de las suyas pero seguíamos caminando lento y deteniéndonos en lugares estratégicos para inmortalizar el momento en una fotografía. Enormes troncos en el camino servían de asiento para algunos caminantes exhaustos, ahí nos detuvimos a esperar a la parejita que venía contando los pasos. Yo miraba hacia adelante y trataba de ubicar a la pequeña que una vez más había desaparecido. Ya para ese momento el agua escaseaba, las botellas estaban casi vacías y todavía nos faltaba un último esfuerzo. Yo tenía un cuarto de litro en mi cantimplora y un mosquito nadando en él, la chica adorable que no había parado de tomar agua en toda la subida no tenía más que una botella vacía. Así que una vez más tenía que hacer algo por ella, saqué la bebida rehidratante que llevaba en la mochila y se la entregué, era suficiente para llegar. Cargué de nuevo mi equipaje y me alejé otra vez dejándolos rezagados, sabía que ahora vendrían juntos los tres, así que enfilé mis pasos hacia el último tramo en busca de la pequeña que había logrado divisar a lo lejos.
Todos estábamos exhaustos, magullados y felices. Llegamos al camino serpenteado y de nuevo a la civilización, volvimos a ver el pueblo y lo único que añorábamos era estar ahí y encontrar un bus con asientos libres y tirarse una siesta hasta llegar a Lima.
El regreso a Lima fue otro caso, pero eso tiene poca importancia. Para haber tenido un día como aquel se necesita más que buena voluntad. Se necesita ser más de uno para disfrutar de un viaje o una aventura y yo cuento con grandes y bellas amigas con quienes caminar y pasar un día realmente inolvidable. Sí, esta vez fueron tres chicas, una enamorada, una desesperada y una adorable; a todas las quiero un montón. Si alguna vez nos dejamos de ver, aquí estarán mis historias para recordar los buenos momentos vividos. Cuando quieran más aventuras pásenme la voz no más, que yo siempre estaré ahí disponible. Y es que con ustedes siempre habrá una historia que contar.



El camino culebreado cesó y proseguimos por uno en línea recta, habíamos caminado un buen tramo en subida y desde ahí podíamos ver una panorámica del pueblo; un pequeño y típico pueblo de la serranía limeña con su plaza, su iglesia, sus calles estrechas, sus tejados, su cementerio, la riel del tren, el río y a un lado la carretera, después no había nada más que cerros verduzcos con torres de alta tensión que a la distancia se veían minúsculos. En un momento toda esta visión general no se vería más.





El tiempo transcurría y ya había pasado el mediodía, la feliz caminata proseguía por aquel sendero con flechas de señalización que nos servían de guía. El sol había desaparecido casi por completo y ya nos encontrábamos en medio de sendos sembríos frutales. Se podían apreciar árboles de manzana, membrillo y otros. El silencio era tranquilizador y sólo era interrumpido por el rebuznar de burros a lo lejos, el trineo de algunas avecillas y el murmullo de personas que iban y venían. De pronto llegamos a un punto de inflexión en el camino y comenzamos a descender levemente mientras el sendero se hacía plano y fácil de transitar. Pasamos por una especie de posada donde algunos transeúntes aprovechaban en reaprovisionarse de agua y tomarse un respiro porque lo que adelante se veía era una subida mucho más exigente de la que acabábamos de dejar atrás.









Una catarata de antesala nos recibía haciéndonos pensar que se trataba de la famosa Palacala, pero no, todavía faltaba un tramo. El camino se separaba en dos, uno más angosto que el otro, yo tomé el que se suponía era el correcto pero ambos lo eran. El otro –decían- era un atajo, pero se veía más complicado y al final los dos llevaban el mismo tiempo. Así que llegué hasta una especie de puente, después de sortear charcos y pasar por piedras para no caer en ellos. Ahí me encontraría con la pequeña, a la que había alcanzado, y ahí nos quedamos a esperar a los demás que ya se hacían notar a lo lejos.




El lugar era hermosamente tranquilizante, el sonido de las caídas de agua ocupaba todo el ambiente. El verdor era abrasador, el murmullo de la gente a lo lejos evidenciaba que ya estábamos muy cerca y así era, no faltaba más de cincuenta metros y ahí estaba la majestuosa catarata Palacala, al verla a más de uno se nos fue el cansancio. Habíamos llegado después de casi cuatro horas de caminata y se sentía rico estar allí.


Había llegado el momento del verdadero descanso, buscamos un lugar y nos sentamos entre los pastos húmedos. Nuestro almuerzo reponedor consistió en atún, galletas y chocolate; con el plus de tener una vista espectacular y de fondo un verdor impresionante. El tiempo era el peor enemigo y ya eran casi las cuatro de la tarde, sino emprendíamos el descenso, la noche nos agarraría en mitad del camino y el clima amenazaba con regalarnos una lluviecita. Así que no había tiempo para mucho, un sinfín de fotos para el recuerdo tomadas por el fotógrafo ocasional del momento, el guarda parques de la zona, una persona muy amable y cómplice de nuestras locuras. Pero no podíamos irnos sin bajar a la fuente misma de la catarata, aunque sea para inmortalizar el momento. Yo tampoco quise regresar sin echarme una remojada, así que me despojé del sombrero y probé el agua helada de la catarata.


Fuimos los últimos en dejar el lugar y comprobamos una vez más la ignorancia de algunas personas al ver desperdicios por todos lados. Es algo en lo que todavía se debe trabajar mucho, en la conciencia y el cuidado del medio ambiente. Todavía hay una deuda pendiente por ese lado. Pero nosotros no podíamos hacer demasiado más que comentar lo desagradable que era todo eso y la impotencia y rabia que nos causaba aquella inconciencia. Así y todo comenzamos la retirada, esta vez sí iríamos todos juntos, conversando de lo ameno que había sido la subida, bromeando y contando algunos episodios como el altercado de los burros que casi desbarrancan a dos de las chicas, o la vez que los perros hicieron regresar un largo tramo a la pequeña. Así fue la bajada, pura felicidad.


Hasta cierto tramo todo parecía tranquilo, la lluvia empezaba con un leve rocío, haciéndose luego garúa para terminar con una leve llovizna. De pronto empezaron los resbalones y tropezones, la pequeña que no llevaba zapatillas adecuadas para la ocasión era la que más lo sufría y tuvimos que llevarla cual niña agarrada de los brazos, casi en el aire. Fue todo una aventura el descenso, íbamos como concatenados, si uno tropezaba todos corrían el riesgo de terminar por el suelo. La zona empedrada fue la más cómica, llena de resbalones míos que causaban furor y risas a mis amables compañeras. Si no eran las piedras era el resbaladizo terreno seco, ya para ese momento el sol volvía a brillar en su versión tardía, esplendoroso y poco abrasador. Por momentos nos deteníamos para recuperarnos de las matadas de risa y para tomar una que otra fotografía, luego seguíamos camino abajo. Los tobillos y rodillas eran un desastre, la bajada fue matadora.
Ya eran casi las seis y ya de regreso a la zona plana fue la ocasión para tomarnos la última foto grupal, con el sol brillante de fondo. Ahí nos encontramos con un pinche español que se puso a hablar chorradas. Era un conocido de la pequeña que ahora parecía no tan desesperada y más bien evidenciaba un gran cansancio. 






Caminamos y caminamos hasta llegar de nuevo al lugar de donde partimos. Arribamos casi entrada la noche con las piernas tiesas, las chicas no querían saber más de caminatas. Estamos curadas, decían bromeando. Y sí, había sido la mejor caminata en su vida y el peor cansancio jamás sentido. Quizá no para la chica enamorada que juraba estar ‘entera’, no así su galán que había sentido el poder de un verdadero trekk y se iba con el recuerdo del excremento de burros.


Lomas de Lúcumo - Primer Riego 2013


Muchas veces estamos tan cerca de la belleza y no llegamos a distinguirla. Puedes haber pasado casi toda tu vida explorando diferentes lugares en busca de lo realmente impresionante pero no te dabas cuenta que en tu propia casa tenías todo eso y mucho más. Esto es lo que me venía pasando. Hace unos meses que estoy explorando mi jardín y me voy encontrando con bellas y agradables sorpresas. Vivo en Pachacamac casi veinte años y hoy por primera vez –aunque parezca increíble- he visitado las Lomas de Lúcumo.


Llegué a la base de las Lomas pasadas las cuatro de la tarde, una fila de botellas llenas con agua esperaban por los valientes voluntarios que las llevarían hasta lo más alto de los alcores para regar los pequeños árboles de Tara y Molle, sembrados en años anteriores. Dos chicas -a las que recordaba de una salida anterior- me dieron la bienvenida. Todavía estamos esperando a los demás chicos, me dijeron. Está bien, les dije y me senté a esperar. El lugar era acogedor, una especie de ramada con mesas, bancos de madera y algunas butacas de tronco de árbol. Mientras esperábamos noté que había otro grupo de personas, luego sabría que eran pobladores de la zona y además una especie de guías conocedores de las Lomas. Pensé en aprovechar el momento de espera para tomar algunos apuntes del día. Por la mañana había estado por el Centro de Lima, tomaba desayuno e improvisaba algunos fragmentos rimados con motivos reales del momento. Al final lo firmé y se lo dejé a la guapa cajera del restaurante, había escrito algo de ella y creí que valía la pena que lo supiese. Mañana rara, almuerzo en casa y por la tarde allí esperando por… y apareció la primera moto que traía al grupo de muchachos voluntarios que fueron llegando uno tras otro y de pronto se encontraban junto a nosotros preparándose para empezar la subida. Todos cogimos las botellas que podíamos y nos adentramos a las Lomas, las pequeñas plantaciones esperaban por agua y hacia ellas nos dirigíamos.


Los primeros pasos fueron suaves y agradables, pasamos por una especie de establo, había una cantidad considerable de reses, unos cuantos burros esqueléticos y perros que ladraban mientras corrían atarantados hacía nosotros. Pero todo aquello quedaría atrás y delante sólo quedaban senderos que avizoraban lo duro que iba a ser llegar a la cima. Seguíamos avanzando y las primeras lechuzas empezaban a mostrarse. Con su clásico chirrido volaban de aquí para allá, otras sólo observaban sentadas sobre rocas. El camino cada vez se hacía más empinado y yo que cargaba tres botellas en la mochila además de llevar dos más en las manos, empezaba a sentir los  primeros signos de una agitación que me acompañaría a lo largo del recorrido. Los chicos que iban adelante eran los guías, de cuando en cuando hacían paradas para descansar, lo que algunos –sobre todo las damas- aprovechaban para sacarse fotos. En una de las primeras paradas llegamos a ver una pequeña vizcacha que asomaba por la rajadura de una inmensa roca, mimetizada con esta era casi imposible notarla, pero ahí estaba tranquila y expectante.


Ya caía la tarde y los cerros impedían que los rayos solares nos consumieran. Seguimos avanzando por un camino cada vez más angosto; unos conversaban, otros jadeaban, yo prefería el silencio y me adelantaba para escuchar el sonido del lugar. Había poca vegetación, sólo se veía rastros de viejos arbustos y algunas sábilas que se resistían a morir. Aún faltaba mucho y las gotas de sudor eran más gruesas con cada paso. No había de que quejarse, el camino era un disfrute total. Había caracoles por todos lados, al costado del camino, pegados a las rocas, adheridos a las pocas plantas que había en el lugar; parecía una invasión caracolezca. Por momentos la tierra daba paso a senderos empedrados para luego seguir por más caminos empolvados y muy bien señalizados. Algunos carteles anunciaban zonas de descanso de pastores lo que evidenciaba que en algún momento el lugar servía para pastoreo de rumiantes. Otros anunciaban la forma de las rocas, como una que tenía la forma de una cabeza de carnero. A medida que nos acercábamos a la cima la vegetación iba apareciendo pero sólo era un manto verdusco débil.

También el grupo se iba separando, y ya se notaba claramente varios pelotones. Los que íbamos a la cabeza –no éramos más de diez- por momentos nos deteníamos a esperar indicaciones o preguntar por qué camino seguir. En ciertos tramos el sendero se dividía en dos y ninguno de nosotros sabía por dónde seguir. Ya para eso habíamos intercambiado algunas anécdotas y sabíamos que para todos era la primera vez en las Lomas. El grupo con los chicos lugareños venía detrás nuestro y los demás un poco más retrasados. De donde nos encontrábamos alcanzábamos a ver a los más rezagados que parecían unos puntos a lo lejos. De hecho habíamos ascendido casi sin darnos cuenta, conversando y pasándola bien sudando la gota gorda. Yo no sé si las chicas sentían la pegada pero había un par de ellas que animosamente iban adelante, se les veía muy ansiosas por llegar a lo más alto. Quizá sólo llevan una botella de agua, pensé. Pero igual avanzábamos ya por desfiladeros con muchos más arbustos. ¿Hasta dónde vamos a subir?, preguntaba una de las chicas. ¿Por qué reforestan tan arriba?, replicaba otra. Preguntas que no obtuvieron respuesta. De repente un cartel anunciaba ‘Zona de Camping’ y ahí nomás llegamos a una explanada que en efecto era una buena zona para pasar la noche. Nos tomamos un respiro mientras esperábamos instrucciones. Era el momento propicio para hidratarse y sacar fotos del lugar. Desde ahí se lograba ver panorámicamente el valle de Pachacamac, el río Lurín, las zonas agrícolas y todo el camino que habíamos recorrido hasta allí.







Hasta que arribó Jacinto acompañado de Rómulo, un perro muy hábil que se paseaba por las Lomas como si fuera su casa, siempre iba adelante olisqueando y persiguiendo a los ‘orejones’, una especie de ratones que abundan en la zona. Jacinto, era el que había dado un breve discurso antes de comenzar el ascenso y ahí estaba otra vez explicándonos cómo debíamos proceder. Hay dos zonas de árboles –comenzó- uno se encuentra justo en los alrededores de donde nos encontramos, son los árboles más pequeños que se sembraron el año pasado. También hay otra zona en la parte más alta, –continuó- son árboles de la primera reforestación que deben estar más grandes. ¿Y dónde tomamos la foto del atardecer?, interrumpió una de las chicas afanosamente. Ah, eso es allá arriba llegando a la cumbre –respondió Jacinto ante la insistencia de la fotógrafa del ocaso. Ya que estamos aquí podemos ir a la parte más alta, así el otro grupo se encarga de esta zona. Los que desean me acompañan –dijo. Volví a cargar mis cinco botellas y me uní al grupo de avanzada. Me voy con un grupo de diez hacia arriba, –se volteó y se dirigió a los muchachos lugareños- los demás que se queden por aquí. Así seguimos subiendo hasta llegar a zonas donde ya no había un sendero marcado. De aquí en adelante ya no hay camino, vayan con cuidado –dijo Jacinto y se detuvo para enseñarnos uno de los árboles de Tara que había encontrado. Este es uno de los árboles que ha sobrevivido y muy bien –indicó alegre. Se trataba de un arbolito de casi un metro cincuenta de altura. Hay otros que deben estar más pequeños, –prosiguió- los van a reconocer porque están acompañados de unas estacas amarillas con un lazo azul. Sólo un cuarto de botella para las más verdes, a las que evidencian un color amarillento o tienen la parte alta seca les echan un poco más de agua. Busquen por todo este contorno –y señaló la zona por dónde debíamos empezar con la búsqueda. El grupo se dispersó y algunos muy jocosamente competían por encontrar y regar su primer árbol. Las chicas ansiosas por registrar la famosa foto del atardecer no dudaron en arribar a la cumbre y las perdimos de vista. Yo iba registrando algunos de los pequeños arbolitos, unos muy bien conservados, otros luchando por sobrevivir entre rastrojos y muchos otros completamente secos.






Ya había terminado la mitad de mi arsenal acuático y todavía quedaban algunos árboles a los que pudimos descubrir y regar. Junto a Jacinto y Jorman –un futuro ingeniero ambiental muy entusiasta- proseguimos en la búsqueda, hasta terminar con la última reserva de agua que nos quedaba. Rómulo nos acompañaba, de vez en cuando husmeaba y rascaba los rastrojos en busca de algún ratón. Cada vez que encontrábamos un arbolito vivo era todo un suceso, se sentía bien librarlo de las malas hierbas, cavar un pequeño pozo alrededor del pequeño tallo, darles el elemento vital y ayudarlos a sobrevivir, aunque Rómulo actuaba de ‘aguafiestas’ tomándose el agua empozada alrededor de las Taras. Pero la noche empezaba a caer y debíamos emprender el descenso.




Nos íbamos sabiendo que nuestro esfuerzo había valido la pena. Dos de los chicos lugareños nos esperaban para acompañarnos en la bajada. Mientras avanzábamos cuesta abajo intercambiábamos anécdotas. Unos de los más experimentados habló de una especie de ser fantasmagórico al que llaman el ‘Hombre de Negro’, por su vestimenta oscura, que se deja ver parado junto a una roca sobresaliente justo antes de llegar a lo más alto de las Lomas. Es un misterio, –nos decía- algunas personas que terminaron perdidas, dijeron que un hombre les había indicado por dónde proseguir y era el camino errado. ¿Y tú lo has visto?, pregunté. Una vez –respondió. Estaba caminando por unos de los senderos y todo estaba nublado. De pronto delante de mí, a unos diez metros lo vi parado –relató. Me quedé perplejo pero luego desapareció de un momento a otro. Siempre aparece por aquí, así que hay que estar preparado para todo –terminó. Seguíamos bajando por el mismo camino por dónde habíamos subido, pero por momentos había resbalones y trastabillados. Ya las chicas amantes del ocaso nos habían alcanzado y éramos el último grupo en dejar atrás las Lomas.


Ya oscurecía y la bajada se hacía más dificultosa. Rómulo ahora iba adelante, siempre persiguiendo ‘orejones’ y haciendo asustar a las lechuzas que furiosas alzaban vuelo y lanzaban su famoso chirrido: chuic, chuic, chuic… que me traían a la memoria episodios de mi niñez. Recuerdo que les tenía mucho miedo a esos pájaros ‘mal agüeros’, siempre pasaban a la media noche y todos decían que ellos volaban sobre el hombro de un alma en pena. Les llegué a tener tanto temor que cuando los escuchaba gritar a lo lejos corría a esconderme. Hasta que comprendí que se trataba de las lechuzas y que supersticiosamente les habían atribuido la mala fama de ‘mal agüeros’ por ser aves nocturnas. Y ahí en medio de las Lomas los chuic, chuic, chuic… sonaban como un canto de lo más normal y hasta era acogedor.


Así entre resbalones, caídas y con las rodillas adoloridas llegamos a la base de las Lomas. Eran casi las ocho de la noche. El primer grupo ya estaba ahí descansando y acicalándose. Al llegar nos ofrecieron un vaso de gaseosa y galletas, lo cual sirvió para recuperar un poco las energías. Todos estábamos satisfechos, para los que participábamos por primera vez del regadío había sido una aventura. Aunque sudados y maltrechos todos denotaban felicidad. Algunos compartíamos pareceres, otros intercambiaban números telefónicos y perfiles de redes sociales. Una de las chicas a las que reconocí de un evento anterior, me preguntó si yo había estado en una de las salidas a Puerto Viejo. Sí, -le respondí- fue en el 2011. Si pues, mira después de cuánto tiempo –replicó. ¿Cómo te llamas? –me preguntó. Mi nombre es Bond. James Bond… No es cierto que respondí así. Sólo le dije mi nombre y sonrió. Si pues, habían pasado casi dos años y de eso ya mucho, mucho más cabello y muchas otras cosas. Pero estaba de vuelta y esta vez si iba en serio.


La tarde-noche de regadío terminó amenamente con los muchachos muy animosos en regresar para otra jornada de riego en marzo. Jacinto daba el discurso de agradecimiento y despedida, otros daban sus opiniones y todo era felicidad. Al final entre aplausos nos recompensamos por el esfuerzo y compromiso que tenemos con la naturaleza. Es que a todos ahí nos unía el amor que tenemos por la madre tierra. De seguro habrán muchas más jornadas tan placenteras como aquella tarde de domingo en las Lomas de Lúcumo.




Aquí termino y me quedo con una frase de Jacinto: Un árbol sembrado es como un hijo, al cual debemos cuidarlo, ayudarlo a desarrollarse, estar pendiente de él y sentirnos orgullosos cuando crezca. Quizá en el futuro cuando subamos a las Lomas, hasta nos echemos a descansar bajo su sombra. Amén.


Trekking - Lomas del Manzano

-   Ehi! Chicos, cuándo salimos de caminata, ya nos toca un poco de naturaleza. -dijo Nelly mientras cenábamos y conversábamos en el ‘Provence’ del Real Plaza.
-   Edith es la chica de las caminatas –repliqué- a ver cuándo nos organiza una de esas salidas.
-   ¿Por qué no vamos a Pachacámac? ¿Han oído hablar de las Lomas del Manzano? –volvió a increpar Nelly.
-   Johan, tú que vives por allá, debes conocer. –esta vez era Edith la que tomaba la palabra.
-   Eh… en realidad no. Nunca he oído hablar de aquellas lomas, las únicas que conozco son las de Lúcumo.
-   A mí me han dicho que están en Pachacámac, no muy lejos de las de Lúcumo. A ver si nos vamos para allí, un fin de semana. –Nelly sí que estaba ansiosa por conocer las cojonudas Lomas del Manzano.
-   Entonces hay que averiguar y organizamos una salida para conocerlas. –fue mi respuesta.
-   Y, ¿por qué no la organizas tú esta vez? –me dijo Edith- Esta vez te toca a ti organizar la salida.
-   Bueno, está bien. –no me quedó otra que aceptar, ante la afirmación casi imperativa de Edith.- Entonces hay que definir la fecha.
-   ¿El 23 está bien? –dijo alguien por ahí, a lo que todos hicieron señal de aprobación.
-   Entonces el domingo 23 será. –dije y no se habló más del tema en esa noche.



Los días previos a la caminata, estuve investigando sobre aquellas lomas de las que Nelly había oído hablar, las cuales eran desconocidas para mí. ¿Cómo es que alguien que vive más de 15 años en Pachacámac, jamás ha oído hablar de esas benditas Lomas?, me preguntaba avergonzado. ¿Qué he hecho en todo este tiempo?, me volvía a increpar; pero no ganaría nada tratando continuamente de sermonearme. Tenía que ver la forma de cerciorarme sobre aquel lugar, no había tiempo que perder. Lo poco que encontré en el internet me sirvió para darme cuenta que además de las ‘Lomas de Manzano’, había otras muchas más y todas en Pachacámac. ¡Joder!, que desperdicio de tiempo y que dejadez por parte de las autoridades municipales de no dar a conocer estos lugares excepcionales. Había que hacer algo con esto y este sería el primer paso.


De todo lo investigado, logré recabar importante información sobre el lugar. En un momento quise ir a ver cómo era el lugar, antes del día pactado con las chicas, para ver si el lugar contaba con rutas marcadas o por lo menos era accesible y de libre tránsito. No logré mi cometido y así la salida del domingo 23 sería toda una aventura a lo desconocido, al menos para nosotros que nunca habíamos estado por aquel lugar.




Y así llegó el domingo pactado. El itinerario decía que nos encontraríamos en el Trébol de Javier Prado, para luego enrumbar hacia el primer distrito turístico del Perú. Me levanté pasadas las cinco y media de la mañana. El sábado había sido demoledor y no había dormido más que cuatro horas, pero las ganas de caminar y explorar estaban intactas. Salí un poco tarde de casa, pero con margen de llegada para estar ahí a la hora pactada. Llegué y sólo estaban Jennifer y Daniel. Después del respectivo saludo, pregunté si tenían noticias de las demás chicas, a lo que me respondieron negativamente. Sólo nos quedaba esperar. De pronto llegó Magnolia. Nelly estaba por llegar y Edith se comunicaba conmigo para anunciar que estaba a cinco minutos.
Al fin todos arribaron y estábamos listos para subir al bus que nos acercaría más al día trajinado que nos esperaba. Eran casi las ocho de la mañana cuando enrumbamos hacia Pachacámac y ahí estábamos sin haber tomado desayuno y ansiosos por llegar lo más pronto posible. En el trayecto cada quien aprovechaba el tiempo para hacer algo útil. Edith llevaba un cuaderno de religión que había hurtado de uno de sus alumnos, lo sacó de su morral y se lo dio a Jennifer para que le tomé un repaso de lo que supuestamente le irían a tomar en un examen de catecismo. Preguntas como: ¿Cuántos fueron los discípulos de Jesús? ¿Cómo se fue Elías al cielo? ¿Quién fue el primer discípulo mártir? ¿En verdad María Magdalena fue la esposa de Jesús?, entre otras, se vinieron sucediendo a lo largo del camino, en medio de risas y cánticos. Había veces en las que yo me entrometía y contestaba a las preguntas, dejando a Edith con la respuesta en los labios, o al menos era eso lo que ella aparentaba. Las demás personas del bus nos observaban con cara de pocos amigos, pero ahí estábamos haciendo un poco ameno el viaje.
Magnolia y Nelly por su parte iban en la parte delantera del bus, las dos enfrascadas en sus anotaciones y quehaceres post-universitarios. Estaban tan mimetizadas con su cálculos que ni se percataban en qué lugar nos encontrábamos. Podíamos haberlas dejado ahí y ellas ni cuenta se daban. Y así llegamos a Pachacámac mucho antes de lo pensado. En un instante estábamos ahí en la entrada de lo desconocido.


Lo primero que hicimos fue abastecernos de agua, frutas, y demás cosas básicas. El desayuno fue variado, algunos preferimos galletas, panes, yogurt y cosas por el estilo. Pero teníamos que seguir. Y como buen organizador de la caminata, recaía en mí la responsabilidad de indagar y buscar alguna movilidad que nos acerque a la base del cerro ‘Manzano’. Así empecé por los moto taxistas.
-   Buenos días. ¿Cómo llegó al Cerro ‘El Manzano’?
-   ¿El cerro qué…?
-   Queremos llegar a la Lomas del Manzano, –le comencé a explicar- sé que por aquí es la entrada pero quisiera saber si me podrían llevar hacía la base donde podamos iniciar a caminar.
-   A ver… Lomas de Manzano… no tengo idea de cómo llegar. –me respondió un tipo calvo con un chaleco amarillo.
-   Ah… no conoce –repliqué y me alejé sin haber obtenido nada de información.


Regresé a dónde estábamos reunidos y aún sin respuestas intenté serenarme, cuando vi a otro grupo de moto taxistas, a los que me acerqué  a preguntar.
-   Hola, como están.
-   Que tal…
-   Queremos ir a las Lomas de Manzano –les dije esperando obtener esta vez una respuesta positiva.
-   Claro, te podemos llevar –me dijeron y por fin pude estar más tranquilo.
-   Qué bien, es la primera vez que venimos por aquí y queremos caminar un poco por las Lomas, hacer un poco de Trekking, -sus caras de desconcierto avizoraban que no tenían idea de lo que significaba esa palabra- en fin, cuánto nos cobran, somos seis personas.
-   Tenemos que ir en dos motos. Tres soles por cada uno y los llevamos. – ¡Joder!, me dije a mi mismo, por lo menos estos patas conocen el lugar.
-   Está bien, pero nos dejan en el lugar indicado.
-   Claro, te dejamos en el portón, de ahí puedes caminar lo que quieras.
-   Hecho.


Así tomamos las motos y nos adentramos a las lomas. Por el camino los cerros ya dejaban ver su verdor y una densa niebla se iba apoderando del lugar a medida que íbamos avanzando. Las motos aceleraban y en un momento llegaron a derrapar por el fangoso suelo. De pronto se acaba el camino y un cerco transversal a lo largo del cerro avizora que hasta ahí es dónde nos llevarán las motos.
Y sí, llegamos al portón donde habíamos pactado que nos dejarían y una vez allí no sabíamos o más bien augurábamos que no nos dejarían pasar. Mientras eso arribó un joven ciclista, al que Edith lo utilizó de fotógrafo para inmortalizar nuestra caminata, o por lo menos tener una instantánea en la entrada del ‘Santuario del Amancay’, que es  una especie de área reservada a cargo de Cementos Lima, y a la cual los ciclistas tienen pase libre pero los caminantes como nosotros debemos de pedir permiso anticipado para que autoricen el ingreso. Así que no podíamos ingresar y para eso ya tenía un ’plan B’.




Tuvimos que regresar por el camino por el que habíamos llegado y tomar un desvío que previamente ya había avistado mientras llegábamos con las motos. Todo parecía empezar a derrumbarse. Yo trataba de contar historias y anécdotas amenas para entretener a los caminantes, que ya empezaban a desconfiar de mi capacidad de organizador de caminatas. Los mosquitos y los perros eran una amenaza, pero el clima felizmente era agradable. Había niebla y una ligera llovizna parecía caer sobre las lomas cubiertas de vegetación. La vista era agradable y eso hacía más alegre el haber tenido que regresar y quedarnos con los crespos hechos por no haber podido ingresar por aquel portón. Al fin y al cabo estábamos caminando, lo cual era precisamente motivo de nuestra salida.


Llegamos al desvío y empezamos a subir, por fin subíamos, y otra vez las chicas preguntaban a dónde las estaba llevando. La verdad era que ni yo sabía lo que había más allá del camino, pero por eso estábamos ahí, para descubrir juntos lo que las lomas nos podían brindar. Así es que caminamos y caminamos; y cuanto más avanzábamos, más verde era el entorno. De pronto todo se tornó verde, de un verde hermoso y vivo. Un manto verde con puntos amarillos y lilas, color de las flores características de las lomas. El ruido de las aves conjugaba con el aroma húmedo del lugar. Se respiraba tranquilidad y por fin todos nos vimos sorprendidos y agradecidos a la naturaleza por aquel hermoso lugar.

Mientras subíamos nos cruzamos con decenas de ciclistas que previo descanso proseguían o iniciaban su recorrido por aquellas lomas de ensueño. Ya la desazón había desaparecido, ahora todo era sonrisas y disfrute del camino. Yo iba marcando el paso y mientras más se hacía empinado el camino, hacíamos paradas para inmortalizar el momento, para hidratarnos, o discutir por dónde caminaríamos, si seguíamos hacia la cima del cerro o descendíamos. En un momento las chicas quisieron regresar e ir a dar una vuelta por las archiconocidas Lomas de Lúcumo, pero al final decidieron seguir descubriendo ‘El Manzano’.




La subida se hizo imposible por los constantes resbalones, el terreno se volvía fangoso y no nos permitía seguir subiendo. Así que decidimos descender y seguir otro rumbo. Ya que habían decidido -por insistencia mía- seguir en aquel lugar, tomamos un sendero hecho para ciclistas pero que permitía el paso de caminantes en fila india. Y por ahí es que seguimos nuestra travesía. Yo siempre iba adelante para cerciorarme que el camino era transitable, así las damitas podían caminar seguras. Hubo resbalones y de aquellos, las zapatillas con cocada ya no eran una garantía; el terreno estaba húmedo, lo que dificultaba el descenso. Pero así de resbalón en resbalón –creo que Daniel fue el que más lo sufrió- y de risa en risa, rodeados de tanta belleza y ladridos de perros furiosos que amenazaban con hacer correr a los más valientes, íbamos avanzando. Edith no paraba de bromear con la posibilidad de ‘ahorcarme’ por haberla llevado por tan escabroso camino, pero en el fondo estaba más feliz que nunca.





Así llegamos hasta dónde pudimos, hasta dónde se podía llegar, ya que chocamos nuevamente con la gran muralla separadora de Cementos Lima, la cual no podíamos atravesar sin que antes nos caiga una ráfaga de proyectiles (esto no es verdad). Ya para ese momento –cerca al medio día- el cansancio empezaba a sentirse en las piernas y no habiendo más por descubrir, empezamos el retorno. Esta vez iríamos por el camino afirmado, por donde había algunas casas y donde también nos esperaban una docena de perros entrenados para hacer respetar sus límites. Pero para los perros las chicas ya sabían lo que tenían que hacer –ya les había dicho cuál era el secreto para ahuyentar a los perros- y no se harían problemas.



Y los perros no hicieron más que regañar cuando pasamos por sus dominios y ahí nomás estaba el detalle curioso del día, un papagayo en una pequeña jaula de canarios, con una mirada acongojada y melancólica, por la desdichada vida que de seguro llevaba. Pero no se podía hacer nada, aun con la impotencia de querer liberarlo de los barrotes, si me atrevía a dar un paso hacia la jaula de seguro la jauría de perros se me abalanzaba y hubiera terminado en serios problemas. Así que lo mejor era pasar y seguir el sendero de regreso.


Previo descanso, hidratación y degustación de algunas frutas, seguimos caminando hacia la salida. En ese momento el sol ya empezaba a ganar su lucha contra la niebla y ya hacía aparecer sus primeros rayos del día. Para ese momento ya la caminata estaba en su último tramo, así agradecimos al clima por habernos tratado de lo mejor aquel domingo.


Regresamos por otro camino y como era evidente nos desorientamos o más bien las chicas creían que estábamos perdidos, pero en ningún momento me sentí así. Yo quería que siguieran caminando y trataba de hacer la conversación más amena, cambiando de tema constantemente, no dejándoles opción para que preguntaran: ¿Falta mucho?, ¿Ya llegamos?, ¿Estás seguro que es por aquí?, ¿Por qué no tomamos una moto?, y preguntas por el estilo. A las que yo respondía: Ya vamos a llegar, no se preocupen. Pero lo cierto era que también estaba desorientado.



Llegó un momento en que ellas ya no pudieron más, podía ver en su rostro el cansancio. Edith y Nelly eran las más ‘quejonas’ y cada auto o moto que veían irse, era para ellas un desgarrador episodio, ellas de seguro querían estar en uno de esos.
Magnolia caminaba a mi lado y no decía nada, también estaba cansada pero si teníamos que llegar caminando hasta la plaza de Pachacámac, ella hacía el trayecto sin problemas. Aunque eso no era motivo para no pensar que debían abordar un vehículo motorizado para salir del apuro.
Jennifer caminaba más adelante junto a Daniel y por lo que él me comento luego, no faltaba nada para pedirle que la lleve en brazos porque no podía más.
Y ahí no más apareció la moto salvadora, donde las chicas sin pensarlo dos veces la tomaron y nos dejaron a nuestra suerte. Claro que nosotros como ‘machos’ podíamos terminar el trayecto sin problemas, siempre es así. Pero de haber sido otro el panorama –quiero decir si no hubiera sido en Pachacámac- de seguro también hubiera preferido abordar una moto.
Pero no, esta vez llegaríamos por nuestro propios medios, y seguimos caminando hasta llegar por fin a la carretera y un poco más y ya estábamos en la plaza, la tan ansiada plaza de armas del primer distrito turístico del Perú.
Ahí nos reunimos otra vez con las chicas y después de dar una vuelta a la famosa plaza, decidimos por insistencia de Nelly –que estaba hambrienta- buscar un restaurante para almorzar. Entramos al ‘Huarique de Don Cucho’ un restaurante al costado del edificio de la municipalidad, en el que –a decir verdad- preparan unos plantos exquisitos, ideales para después de una larga y amena caminata.
Ya eran casi las cuatro, cuando tocaba despedirse. Y previo acuerdo de nuestra próxima salida, pactada para el 8 de octubre, fuimos saliendo a la avenida principal, donde me separaría de Daniel y de mis bellas compañeras de caminata, grandes amigas con las que he compartido grandes momentos, y con las que espero seguir disfrutando de momentos inolvidables como este. Las despedidas deben ser fugaces dicen, para así la vez que nos volvamos a ver sea como si no nos hubiéramos separado; y así fue. De repente apareció un bus y todos fueron a su alcance. Yo tomaría el camino que me llevaría a casa en menos tiempo.
Y así se terminó el domingo 23. Un domingo de caminata, por el último bastión verde que queda de esta Lima gris y desordenada. Nos fuimos con la promesa de volver, nos falta mucho por explorar. Aún nos espera el ‘Santuario del Amancay’, el ‘Cerro Pan de Azúcar’, y muchos otros lugares hermosos y dignos de visitar. Y allí estaremos en una próxima aventura, que de seguro también será documentada.